www.nuevosairesportal.com.ar | Edición Nº 62 | Noviembre de 2023

 

 


Todos reconocemos que en algún momento de nuestra vida, hemos leído un libro de Eduardo Galeano, pero no todos recordamos –con certeza- haber gastado algo de tiempo en recorrer el texto “Cerrado por Fútbol”, donde el maestro oriental nos entrega su pasión por el deporte que más amamos los rioplatenses. Así lo dice: “Para empezar, una confesión: desde que era un bebé, quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía”. Por eso, nos permitimos en descubrir a nuestros lectores, dos instantes de esta obra que –seguro- conmueven “al más pintado”. Ya lo verán.

El Parto

Al amanecer, doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús. Ella traía un niño en la barriga. En el umbral, encontró una estrella, en forma de prendedor, tirada en el piso. La estrella brillaba de un lado, y del otro no. Esto ocurre con las estrellas, cada vez que caen en la tierra, y en la tierra se revuelcan: de un lado son de plata y fulguran conjurando las noches del mundo, y del otro lado son de lata nomás. Esa estrella de plata y de lata, apretada en un puño, acompaño a doña Tota en el parto. El recién nacido fue llamado Diego Armando Maradona.

La pelota como instrumento

En las Copas del Mundo de 1934 y 1938, los jugadores de Italia y de Alemania saludaban al público con la palma de la mano extendida a lo alto. Vencer o morir, mandaba Mussolini. Ganar un partido internacional es más importante, para la gente, que capturar una ciudad, decía Goebbels. En el Mundial del 70, la dictadura militar de Brasil hizo suya la gloria de la selección de Pelé: Ya nadie para a este país, proclamaba la publicidad oficial. En el Mundial del 78, los militares argentinos celebraron su triunfo, del brazo del infaltable Henry Kissinger, mientras los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar. En el 80, en el Uruguay, la selección local ganó el llamado “Mundialito”, un torneo entre campeones mundiales. La publicidad de la dictadura vendió la victoria como si hubieran jugado los generales. Pero fue entonces cuando la multitud se atrevió a gritar, por primera vez, después de siete años de silencio obligatorio. Se rompió el silencio, rugieron las tribunas: Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar…