NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 30  | SEPTIEMBRE DE 2020
 
 

Todos comunistas - y la trampa de las derechas -

(Fragmento)

Marco Teruggi*

La situación en América Latina es otra. Los últimos veinticinco años mostraron un caudal de experiencias populares y gubernamentales únicas: desde la emergencia de organizaciones como el Movimiento Sin Tierra en Brasil, hasta los gobiernos populares en Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador y más recientemente México. El continente lleva más de un cuarto de siglo con ensayos, novedades y experiencias transformadoras.
Es nuevamente acá donde el año pasado se asistió a levantamientos contra el neoliberalismo: Chile, Ecuador, Haití, Colombia, y el voto masivo que derrotó al macrismo, un proyecto que había nacido como alumno modelo y que, como declaró Mauricio Claver-Carone (ahora nominado a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), y cuestionado por muchos-- Estados Unidos apostó a sostener con el préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI).

 

Difícilmente pueda hablarse entonces en América Latina de una derechización de las ideas como en Europa. El dispositivo acusatorio forma parte, en el caso de Argentina, del intento de no retroceder en una acumulación y concentración desmedida de riquezas y poder. Se trata de un mecanismo de chantaje que falsea percepciones: la capacidad mediática del Grupo Clarín y la amplificación de sus movilizaciones puede llevar a pensar que se trata de una mayoría cuando no lo es.
Esa clave de asedio permanente se enmarca en un tiempo continental: las derechas avanzan en su intento de recuperar terreno perdido e impedir todo regreso o consolidación de proyectos nacionales y populares. En ese escenario se enmarcan los procesos de lawfare, intentos de proscripción de dirigentes y partidos, el golpe de Estado en Bolivia o el bloqueo económico sobre Venezuela.
Las derechas no son abstractas. Responden a agendas económicas y geopolíticas: la acumulación de riquezas, el avance de las transnacionales --como las de la comunicación--, demandan Estados débiles, gobiernos sin agendas propias, mucho menos proyectando su política internacional en parte dentro de un bloque que amenaza la hegemonía estadounidense en retroceso. Regular ya es demasiado; estatizar o nacionalizar un crimen.

El dispositivo de desgaste --alterna operaciones mediáticas, miedo y movilizaciones-- exige retroceder, mantener un estatus quo que impide construir respuestas a la crisis. Una de las lecciones de los años recientes en el continente es que ceder a las demandas de los grandes grupos económicos y sus voceros políticos no detiene los asedios y, puede, al contrario, debilitar la capacidad para enfrentarlos. Y esas capacidades, en el caso de Argentina, son grandes. Se expresarán en las calles cuando llegue la hora.

*Lic. en Sociología. El texto integra el artículo publicado por
“Página/12” en la contratapa del lunes 31-08-2020.