NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 28  | JULIO DE 2020
 
 

Tiza y pizarrón

EL PASAJERO SIN SOL

Analía Ramos*

“CUANDO A UNO LE PREGUNTAN SOLUCIONES ACERCA DE ESTE DIFÍCIL PLANETA Y DE ESTAS SOCIEDADES COMPLICADAS Y CONFLICTIVAS EN LAS QUE NOS TOCÓ VIVIR, UNO PIENSA SIEMPRE EN LAS ESCUELAS COMO LAS GRANDES SOLUCIONES.PORQUE A TRAVÉS DEL CONOCIMIENTO ES MÁS DIFÍCIL ENGAÑAR AL HOMBRE. ES MÁS DIFÍCIL ENGAÑAR A UN HOMBRE QUE SABE, QUE A UNO QUE NO SABE.”

Joan Manuel Serrat

La escuela domiciliaria es la única Escuela Estatal, de la D.G.C. y E., que brinda atención en los hogares, a estudiantes de todos los niveles y modalidades (de gestión pública y privada) que transitan una enfermedad que les impide temporal o permanentemente concurrir al servicio ordinario.


Con las “patas en el barro”, de cara al viento, y por qué no, peleándole a las dificultades que implica entender que cada uno vive donde puede (es decir, donde lo dejan), y plantándole cara a todas las instancias sensibles que los atraviesa, los profes domiciliarios visitan, diariamente, hogares donde chicas y chicos imposibilitados de asistir a sus colegios de origen por enfermedades prolongadas o crónicas ,requieren atención pedagógica , y con el fin de garantizar, aun en casa, el derecho a la continuidad de su trayectoria educativa.


Lo cierto es que “en casa”, bastante lejos de la realidad virtual y más allá del dolor que un pibe o piba enfermos, con sus juegos dormidos provocan, como si fuera poco, el hambre sigue siendo un profundo mar amargo, silencioso, que se lleva por delante al paisaje y que amenaza con quedarse en algún lugar de esta patria, en donde la solidaridad, que siempre es entre iguales, no cambia de planeta y se obstina en quedarse, esta vez (y a quién le extraña…) en la escuela pública, abierta, plural.
El maestro, la maestra entonces, pobres sin atenuantes y con su sola biología, recorren la realidad, revisan como pueden sus mochilas, sobornan a la tristeza por un rato, reparten el dolor…que ya es reparto y con el barrio como sólida estación de partida, como un pasajero sin sol, asumen la mañana. Más tarde, lo de siempre…atravesar la puerta, vaciar el equipaje, desparramar los sueños y las risas en la mesa de trabajo…la aventura del aprendizaje. Y después el regreso, y sobre el hombro, la esperanza como símbolo vital de un futuro donde todas nuestras pibas y nuestros pibes puedan crecer, definitivamente, rodeados del amor y la tibieza de su gente, la solidaridad activa de sus docentes y la protección imprescindible del Estado.


*Profesora de Educación Especial.