NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 31  | OCTUBRE DE 2020
 

Auge y decadencia de los costeros de Sarandí

 

Antonio J. González

La costa del río en la zona de Sarandí es un oasis de 400 hectáreas de labranza enclavadas entre el Polo Petroquímico Dock Sud y la costa del Río de la Plata. Allí, acorralado por la jungla de cemento, subsiste un paisaje de agricultores, descendientes de los genoveses. La zona, hoy casi abandonada por el interés provincial o municipal, fue el centro de abastecimiento más importante de Buenos Aires. Como puede ahora sobrevive la agricultura familiar entre los estragos de la contaminación y las crecientes.
Son viñas a diez minutos del microcentro. Muchas de nuestras familias tradicionales de Sarandí consumieron “el vino de la costa”.
En medio de un monte que nadie llamaría virgen, difícilmente podría imaginarse que a corta distancia ese verde que invade cielo y tierra se encuentra la avenida Mitre con su gran carga vehicular. Pese a lo que pueda imaginarse ese monte no es virgen: porque lo fueron transformando las familias de agricultores que convirtieron ese territorio anegadizo en campo cultivable. Hoy sobreviven no más de una decena de quintas que, todavía, producen frutas, hortalizas y vino de la costa, a diez o quince minutos del Obelisco.

En ese lugar, hubo un tiempo que fue inolvidable para quienes vivíamos cerca, y vivimos, en el gran barrio que es Sarandí. Aquellos agricultores eran genoveses o hijos de ellos, y se dedicaban a trabajar la tierra, plantar y cosechar peras, duraznos, tomates y vides. Los que los conocen los llaman los quinteros de la costa de Sarandí donde íbamos a comprar vino patero y hortalizas, embutidos o frutas.

Sin embargo, la contaminación de las aguas de riego, el asedio del asfalto y el declive de la producción agrícola produjeron su lenta decadencia, aunque no su desaparición. Quizá lo mejor esté por venir porque en la resistencia de un puñado de herederos de los pioneros puede estar el embrión del renacimiento de la zona. Aquellos fundadores eran inmigrantes genoveses que se asentaron entre los arroyos Sarandí y Santo Domingo, a fines del siglo XIX. “La zona forma parte del ecosistema de la selva marginal costera del Paraná-Plata –explica el antropólogo Mario Rabey, presidente del Instituto de Políticas Públicas que trabaja en la zona–. Actualmente, el paisaje es el producto de la transformación agrícola por parte de inmigrantes que trajeron sus conocimientos y prácticas campesinas, con las cuales organizaron un sofisticado y original sistema de canales para riego y navegación.”

Eso permitió el establecimiento de pequeñas fincas agrícolas campesinas. Inicialmente alquilaban la tierra pero, en un proceso muy heterogéneo, fueron comprando la propiedad, manteniendo siempre un espíritu cooperativista que guardaba cierta equidad en la distribución: no había fincas mucho más grandes que la media. Durante décadas del siglo pasado fue una de las fuentes principales de aprovisionamiento hortícola para la ciudad de Buenos Aires; los clientes iban desde el Mercado de Abasto (hoy shopping) hasta las cantinas de la Boca, pasando por restaurantes de toda la capital.

En los años 50, la zona producía unos dos millones de litros de vino y casi un millón de cajones de tomates por año. Las quintas tuvieron su momento de máximo desarrollo en 1945, aunque hasta entrados los años 80 era muy común para los vecinos de Avellaneda, Quilmes y Lanús venir a comprar vino.

¿Cuál será su destino final? Nadie aventura un pronóstico pero el desinterés y el abandono suelen hacer lo suyo.