NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 28  | JULIO DE 2020
 

Aquellos potreros multiuso

 

Antonio J. González

Quienes –como el cronista- crecieron rodeados de potreros, baldíos y amplios terrenos que quedaban entonces, casi en la puerta de nuestras casas o cerquita como para ser parte integrante del barrio. Eran tiempos en los que no había llegado todavía la fiebre de la urbanización, los loteos y la construcción de las viviendas de material. Nosotros aún habitábamos las viejas casas de chapa y madera que eran clásicas en los barrios proletarios.


Fuimos hijos del potrero, podíamos decir ahora, porque allí se practicaban deportes como el fútbol o se tenía la experiencia de encontrarse, una mañana cualquiera, que se instalaba un circo-teatro, como sucedía en aquella esquina frente a mi casa en Sarandi. “¿Te acordás, Chochi…?” me dijo hace unos días un amigo con quien compartíamos esa experiencia viva y colectiva. “Cómo no me voy a acordar… si está en la sangre desde cuando teníamos apenas 10 años”.


En esa esquina, bajo la carpa circense, vimos las primeras actuaciones de teatro con compañía de actores argentinos y españoles, como el caso de la familia Aleandro, padres de Norma, la famosa actriz argentina. También las funciones circenses que despertaban el asombro y la curiosidad de nuestros ojos.


Pero ese terreno vacío de edificación no era el único, porque a una cuadra  accedíamos al potrero de Balzano, en la zona que bordeaba el arroyo Sarandí desde Belgrano hasta Agüero, donde los clubes de la zona tenían las canchas de fútbol. En uno de esos potreros, en los años ’30, mataron de un tiro –por esas rencillas futboleras tan comunes siempre- al hermano de mi padre, el tío que no alcancé a conocer.


Otros potreros se extendían en la zona: Robustiano, Villa Ocampo, Magariño, entre otros. En los potreros de Crucesita se realizaban las tradicionales romerías españolas a comienzos del siglo Veinte.


Seguramente algunos lectores tendrán en su memoria la imagen o la presencia de otros potreros con todo el despliegue de la naturaleza en esta planicie formada sobre las arenas y el fango del viejo Río de la Plata, a través de los arroyos que cruzaban entonces estos terrenos. Eran los restos de una llanura en retroceso, de la pampa que era ahuyentada por las casillas, los barrios y los loteos urbanizados. Dijimos adiós a los panaderos que volaban en nuestras calles, a los bichitos de luz que admirábamos en las noches, de los pájaros y las mariposas… en fin, a la transformación de la Avellaneda gaucha en la ciudad proletaria que supo ser.
En fin, tema para un tango o una milonga… cosas del ayer. Días que no eran el Paraíso ni el mejor de los mundos, pero fue el nuestro…intransferible.