NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 27  | JUNIO DE 2020
 
 

El vendaval que azota a nuestro pueblo, la democracia y el neoliberalismo depredador

“Debemos construir un país distinto, una Argentina más solidaria, que revierta las injusticias que dejó en evidencia la pandemia de coronavirus”.

(Alberto Fernández)

 

Es verdad que transitamos un período histórico que ha puesto en tela de juicio todos los paradigmas que formaron a generaciones enteras y que el Covid-19 ha profundizado aún más. Pero, pese a todo, tratar de descubrir un mundo mejor donde no imperen el individualismo posesivo y la lógica de mercado, es una manera de socavar a la posmodernidad carente de ideales que habita en el neoliberalismo. Por eso, la creación colectiva de un proyecto humanista –democrático y participativo- que alimente el tiempo que vendrá, debe tener como protagonistas a quienes a diario edifican la vida, ese modo inclaudicable de amar al semejante.

En la arena política moderna, hay que esforzarse por articular el universo de las imágenes con el universo real. Sólo aquellos que observan su entorno munidos de anteojeras, pueden expresar que esos universos que mencionamos son dicotómicos, caminan separados. No comprenden que cuando logramos fusionarlos, llega la hora de los grandes acontecimientos. Es decir, fueguitos de amor se vuelven a encender en el seno del pueblo; pequeños quizás, pero que les muestran siempre a las buenas gentes de esta tierra tantas veces vapuleada, que nada está perdido, que un viento emancipador puede volver a soplar al sur de nuestro continente.

Por lo tanto, proponemos –especialmente a los que luchan y sueñan- derrumbar los “meandros del infierno” y sumergirnos en la búsqueda de una sociedad que nos contenga con lúcido equilibrio y pensamiento abierto, sabiéndonos escuchar, procurando construir hipótesis y desterrando los dogmas trasnochados. Para que esto ocurra, es bueno recordar que para enfrentar los inesperados problemas que nos aquejan es imprescindible descartar los vaticinios de los profetas de las catacumbas, y aplicar, entonces, la irónica referencia que nos legara Albert Einstein: “La cabeza es como el paracaídas, funciona si está abierta”.

 

La Dirección

 

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A propósito de un patriota

Manuel Belgrano

Cuando el mundo colonial todavía seguía persistiendo en mantener sujetos a su antojo a los habitantes de este territorio americano, nacía el futuro creador de nuestra bandera en aquella legendaria Buenos Aires el 3 de junio de 1770- Hijo de una de las familias más acaudaladas de la ciudad, cursó sus primeros estudios en el Colegio San Carlos y luego partió a España donde se formó, cursando la carrera de Leyes y Economía en las Universidades de Valladolid y Salamanca. Allí, en la vieja Europa ya sacudida por el viento revolucionario que llegaba desde París, vivió intensamente ese clima de ideas – Libertad, Igualdad, Fraternidad-, y tomó contacto con los textos económicos y sociales de Rousseau, Voltaire, Adam Smith y el fisiócrata Francois Quesnay. Además, consolidó sus conocimientos de idiomas: Belgrano se convirtió en un poliglota que dominaba inglés, francés, italiano y latín. Pero en 1794, y con el nombramiento bajo el brazo de Primer Secretario del Consulado otorgado por el rey Carlos IV, regresa a nuestro país.

El Consulado era un organismo colonial dedicado a fomentar y controlar las actividades económicas. A poco de estar, y al sumergirse en sus tareas como funcionario poniendo en práctica las concepciones transformadoras- inéditas e insólitas para la sociedad colonial- junto con su primo, Juan José Castelli, Belgrano se torna en lúcido militar durante las invasiones inglesas. Buenos Aires, derrotado el invasor, se había vuelto una verdadera fragua de esperanzas y la “Jabonería de Vieytes”, en “la cocina de la Revolución”. De ahí en más, los pasos posteriores llevaron a Mayo de 1810, días excitantes, ya que caída la Junta de Sevilla que orientaba al Virreinato del Río de la Plata, había que elegir una Junta que gobernara al margen del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros; eso se había decidido el día 22 en el Cabildo Abierto. Pero el 24, pasando por encima de lo resuelto, el virrey pretendió presidir el nuevo poder. Al enterarse los patriotas de tamaña felonía, montaron en cólera y la voz de Belgrano resonó como nunca: “Juro a mi Patria, a mis compañeros que, si a las tres de la tarde del día de mañana, el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza”. Así, Manuel, mostraba el carácter de un líder, indiscutiblemente. Al respecto, al día siguiente 25 de Mayo, Cisneros renunció, y se constituyó la Junta Patriótica presidida por Cornelio Saavedra, con la Secretaría de Mariano Moreno, organismo que Belgrano integró como vocal.

Tiempo arriba y ya enrolado definitivamente como un Jefe Militar, el 27 de febrero de 1812, en las barrancas del Paraná, inaugura una nueva batería a la que llamará “Independencia”, y en ese acto hace jurar la bandera con los colores celeste y blanco, y exige a los soldados, vencer a los enemigos interiores y exteriores. Nada le gustó este acto al Triunvirato que ejercía el gobierno desde Buenos Aires, fogoneado por la furia que había despertado en el Secretario, Bernardino Rivadavia. Meses después, al mando del Ejército del Norte, y estando en Jujuy, ante el seguro ataque de los realistas al mando del general Pío Tristán, ordena irse, dejar la tierra arrasada: ni casas ni alimentos, ni animales, nada de hierro y nada de mercaderías. Fue el llamado “Éxodo Jujeño”, en el que se sumó a las fuerzas de Belgrano, Juana Azurduy, que había formado un ejército de mujeres para pelear por la Patria.

Don Manuel la nombró Coronela del Alto Perú y le entregó el sable con el que había combatido y conducido él, el éxodo. Luego, en septiembre de este año, derrotó al enemigo en Tucumán y, en febrero de 1813, junto con Martín Miguel de Güemes y su guerrilla, aplastó a los godos en la batalla de Salta. Dos triunfos de importancia estratégica relevante. Por tal motivo, la Asamblea del año XIII le otorgó a Belgrano como premio, cuarenta mil pesos oro. Como respuesta, Manuel señaló: “Usen el dinero en la creación de cuatro escuelas de primeras letras en Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Tarija”. La plata fue a parar al Banco de la provincia de Buenos Aires. Durante once años el banco no pagó un centavo de interés y el dinero jamás fue utilizado para construir escuelas.

Pero, en el horizonte, comenzaba a despuntar el Sol de la Independencia. En efecto, en 1816, en pleno Congreso de Tucumán, Belgrano es protagonista junto con San Martín y el grupo de compañeros de “La Jabonería”, exigiendo se agregara en la declaración final un párrafo que indicara claramente que la Independencia sería de “toda dominación extranjera”. Posteriormente, ya en abril de 1820, Manuel comenzó a sentirse mal de salud, lo que sumado a su extrema pobreza, culminó el 20 de junio con el quiebre definitivo de su existencia luminosa. Hoy, cuando se cumple el Bicentenario de la desaparición de Manuel Belgrano, considerado el intelectual más notable de su época, es necesario recordarlo como “un precursor de la igualdad entre hombres y mujeres, fue el defensor de una Educación para todos, revolucionario de Mayo y Guerrero de la Independencia, como lo ha definido Felipe Pigna. Asimismo, y como corolario a este rescate de la noble figura de un argentino que entregó todo en aras de la liberación e Independencia de nuestra Patria, nada mejor que exponer la reflexión que sobre el tema emitió la actual Vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, consecuente admiradora de la vida y obra de Manuel Belgrano: “Si no fuera por su valentía y su coraje para enfrentarse a lo que la época le imponía, hoy no hubiéramos salido del yugo colonial y San Martín no hubiese podido cruzar los Andes”.


*(Redacción)