www.nuevosairesportal.com.ar | Edición Nº 40 | Septiembre de 2021

Julio Bruno


“Los poetas, cuando transitan el sendero expectante de la vida y despiertan sus pulsaciones más emotivas, suelen convertirse en profetas de su tiempo. Pararse en medio de un poema, alzar la voz contra el cielo perverso de los dioses absurdos, revela no sólo la densidad de un compromiso, sino que, además, expresa una ardiente manera de vivir. El poeta, caminante del alba, trata de saciar la sed con el gemido del cántaro, mientras descansan en la oquedad de sus alforjas, el celo y la indulgencia. Julio Bruno fue un juglar sin tapujos, diáfano, sobre todo a la hora de impugnar la perfidia de los obsecuentes. Sarandí es un insólito barrio de guitarra y canto, donde en la cruz de cualquier esquina, uno pueda tropezar con un pintor de raza o un músico de talento. Allí nació el poeta. Creció en sus baldíos y una “de gajos”, bien engrasada, pobló sus tardes de “wing” izquierdo en un club levantado por el sudor de muchos obreros: “Esperanza”. Nunca supo administrar la amistad, no servía para darla en cuentagotas. Le gustaba sentarse a charlar estirando los minutos. Sabía meterse como nadie en el costado flaco del amigo, allí donde la confidencia explota como una necesidad agobiante. Entonces, se encendía su lenguaje macizo, corto, incisivo como un escarpelo. Pero curaba. En frías madrugadas, era un asiduo visitante de las cocinas de madera y chapa, parroquiano impasible de los boliches sin nombre, sitios donde la hombría se tutea con la actitud fraternal hacia el semejante en retirada. Un día, pantalones largos recién inaugurados, traspuso la orilla y se deslizó por el hollín de la ciudad. Lo abrumaba el olor de la nafta quemada, el ruido insolente, el paso febril. Su sencilla algarabía de muchacho, taconeando baldosas y con los ojos fascinados, explora el asfalto sin apuro, hasta que descorrió el velo del amor y trepando por su piel, plantó en su mujer el calor de sus dedos, la tierna ansiedad de su juventud.


Sus manos tenían la nobleza del árbol. Eran como él, sin vueltas. Como paletas, se elevaba por ellas el arco iris de su oficio. Apreciaba a las paredes, las que supo iluminar con la verdad de sus consignas. Gozaba viendo los murales de Sequeiros; por eso se emocionó tanto aquella mañana, en el antiguo taller de Castagnino, igual que un alumno deslumbrado ante la calidez de su maestro. Deseaba que su trabajo fuera no aquél al que estaba obligado por la dura pobreza, sino una fragua de colores, donde los hombres se vieran reflejados como frente a un espejo. Sin velos ni reservas. Enhebró su actitud, su conducta, con paciencia de “laburante”, protegido por el valor insobornable de su clase, que ostentaba con orgullo. La transparencia de sus ideas le brotaba por intuición y, con perseverancia, las dispersó en el viento. Maduró en un mitín de urgencia y la reunión a media voz, a pesar de que hubiera enlazado la luz para alumbrar los sueños de todos. Y de ese modo lograr la derrota de las sombras.
Fue en la calle, en octubre del ’72, rodeado de trabajadores y estudiantes, a quienes tanto amaba y cantó en sus obras. Cuando partió al venir de su trabajo, la primavera pronunció campanas en la copa de los álamos, anunciando el vuelo de un pájaro pequeño y de rostro curtido por mil soles. Desde ese instante, lo creemos ausente con aviso. Porque seguro que Julio debe estar acodado en un estaño, “chamuyando lungo” con Neruda, Gardel y el bueno de Tuñón. Tipos con entrañas, hermanos de su sangre.