www.nuevosairesportal.com.ar | Edición Nº 39 | Agosto de 2021

Federico García Lorca

A 85 años del asesinato


“La noche que yo fui a reclamar a Federico, había cien personas en el Gobierno Civil, en una sala inmensa que había allí. Me dijeron que prestara declaración, y la presté ante un Teniente Coronel de la Guardia Civil, cuyo nombre no recuerdo. En mi declaración dije que un tal Ruiz Alonso, al que yo no conocía, había ido aquella tarde a nuestra casa, a una casa falangista, y había retirado a nuestro huésped, sin una orden escrita ni oral.”

Las palabras que encabezan esta nota, son un fragmento de la entrevista que realizara el historiador inglés Ian Gibson, autor del libro “El asesinato de García Lorca”, al amigo de Federico, Luis Rosales, en cuyo hogar buscó el poeta refugio sabiendo que los franquistas amenazaban con detenerlo, pero pensó que no se atreverían a concretar esa arbitrariedad en el domicilio de personas adictas al nuevo régimen. Sin embargo, cuando la tarde caía sobre Granada el 16 de agosto, Federico era llevado esposado a la sede del Gobierno Civil. Ése fue el prólogo, el camino a la tragedia final.
En las afueras de Granada, a nueve kilómetros aproximadamente, se encuentra el pueblo de Viznar, en el que se destaca el antiguo palacio arzobispal que fuera ocupado, al estallar la sublevación, como cuartel de los falangistas; ahí cerca se halla “La Colonia” (en tiempos de la República, sitio de veraneo para escolares), pero que a partir del alzamiento franquista se convirtió en una cárcel. Desde allí, donde pasó algunas horas, Federico fue conducido a un paraje lindero con la carretera, conocido en esos días como “La Fuente Grande”, pero llamada Ainadamar (“Fuente de las Lágrimas”) por los moros granadinos, donde fue fusilado junto con otros compañeros republicanos, en la madrugada de aquel 19 de agosto de 1936. La infamia se había consumado. España, entonces, envuelta en un combate entre la luz y las tinieblas, convirtió a Federico en una de sus primeras víctimas. Pero su duende no murió, porque los poetas no mueren nunca. El mundo camina sobre sus latidos. Rafael Alberti recuerda el crimen que enlutó, de repente, a la arena temblorosa y los fieles olivos.
Venid los que nunca fuisteis a Granada. Hay sangre caída, sangre que me llama. Nunca entré en Granada.
Hay sangre caída del mejor hermano. Sangre por los mirtos y agua de los patios. Nunca fui a Granada.
Del mejor amigo por los arrayanes. Sangre por el Darro, por el Genil sangre. Nunca vi Granada.
Si altas son las torres, el valor es alto. ¡Venid por montañas, por mares y campos! Entraré en Granada.
Rafael Alberti